Supongo
que hay gente que tiene los sentimientos claros y definidos, que sabe a quién ama,
con quién simpatiza, quién le cae mal y a quién odia, entre algunas variables
de los sentimientos que el ser humano tiene. Bueno, yo no soy de esa clase de
gente. A mí se me mezclan mucho los sentires: a veces alguien que me da miedo,
al mismo tiempo me atrae, y no me atrevo a alejarme aunque me parezca un
personaje siniestro; a veces, las buenas personas me aburren y me parecen
demasiado panchas que se toman la vida así como viene, sin ambiciones, sin
estímulos como demasiado “felices”; a veces es mucho peor, porque la misma
persona me parece atractiva hoy, pero mañana me la cruzo y me pregunto ¿qué le
vi a ese? Y mucho peor aún: me pongo a conversar apasionada por la sensibilidad
e inteligencia de alguien y a las dos horas ya no lo soporto, sus palabras solo
hacen ruido en mis oídos. Cómo me gustaría que a los humanos nos pusieran el
mismo sistema que tienen los grabadores: Rewind, Play, Pausa y Stop, ¡sobre
todo STOP!
A lo
que voy es que los sentimientos para mí no son tan claros y, lo que es peor,
varían a cada rato sin que yo tenga el menor control sobre eso. Es cierto que
también está lo que hace o dice el otro. Por mucho amor que sienta, si la otra
persona me trata mal o me descuida, a mi sentimiento se le van haciendo baches
hasta quedar en un buen recuerdo, en el mejor de los casos, o virar bruscamente
hacia la indiferencia.
Pero
lo peor es que los entusiasmos, los amores, los encuentros me levantan el
ánimo, me hacen feliz y ando por la vida, al menos unas horas, como perro con
dos colas (¿será mucha felicidad para un perro tener dos colas?) Y las
desilusiones me carcomen por dentro y me derrumbo como un castillo de arena que
se lleva una ola. Me bajoneo tanto que tengo que sentarme o recostarme, me
mareo, y a veces, hasta me duermo de tristeza. (A mí la tristeza me da sueño)
La
otra vez un amigo me describió a una persona en dos frases con tal precisión
que me dejó asombrada ¿Cómo se dio cuenta? Tenía ganas de contratarlo para que
me asesore porque yo soy nula para poder definir con certeza cómo es el otro.
Siempre le veo lo maravilloso y se me escapa cuál es el punto de fuga, el lugar
donde me va a fallar.
En
realidad, algo peor: me doy cuenta de los peligros de algunas relaciones, como
si se prendiera la luz de un semáforo, pero no respondo a los mandos. Si la luz
es roja y me anuncia que esa persona va a complicarme la vida en cualquier
aspecto, amistoso, laboral o amoroso, sigo tan campante y si es verde por ahí
me detengo, como si tuviera una brújula desorientada.
Creo
que de eso se trata. Algunas personas tienen una buena brújula para orientarse
en la fauna humana, como un don, porque sí, porque nacieron con eso, como los
que nacen con el don de cantar, sean huérfanos o nacidos en una familia
contenedora y afectiva, sean del origen social que sea.
Me
parece que desde que nací mi brújula falló. Tal vez nací a destiempo, si hubiera nacido
uno o dos años antes todo hubiera sido distinto y yo me sentiría miembro
estable de una familia feliz. Así, habiendo nacido a la cola de los tiempos de
crianza, y poco antes del exilio, todo fue diferente de entrada.
Siempre
me sentí “extra” familiar. Como vagón de cola, y hasta pensaba que debía ser
adoptada, porque en una familia de intelectuales yo amaba los perros, el campo
y los caballos; en una familia que debatía de política y temas mundanos en la
cena yo jugaba a tener un hospital o un orfanato; en una familia que viajaba
poco yo vivía con una mochila... en fin: sapo de otro pozo o como dicen ahora
“pez fuera del agua.”
Y
debe ser por eso, supongo, que desde entonces mi brújula está desorientada y
sigo equivocando afectos.
Es
cierto que no somos “más que nadie y menos que ninguno”, pero tampoco es
cuestión que no pueda alejarme de comprobados delincuentes, que no tome
distancia de las amigas vividoras o que me chupan la energía llorando siempre
sobre la misma carta, y no es posible que no me aleje, al menos para evitar
confusiones, de quienes se han embanderado en causas que rechazo.
Creo
que debería salir de esta suerte de lavarropas en la que estoy mezclada con
todo y con todos, manchada con colores de prendas que destiñen, y colgarme
solita al sol un rato para secarme y darme cuenta de la forma exacta
de mi camiseta.

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