martes, 8 de diciembre de 2020

Amor y Carne picada

 

      Estábamos en un asado y comenté que me mudé a Maldonado a una casa que vino con perro incluido.

“Es muy cuidador, echa a los ladrones”, me dijo una vecina, suponiendo que eso me tranquilizaría. “La dueña se lo llevó, pero el perro volvió y no hay manera de sacarlo de la casa”, me explicó el señor de la inmobiliaria.

El perro en cuestión, que todavía no tiene nombre, es un cuzco negro y peludo con un aire simpático, pero muerde. Por eso, - y por haberlo encontrado en la casa- mis amigas le llaman Dr. House. Yo a veces le digo “Lobo feroz” y otras “Caníbal” (según mi animosidad hacia él) pero a las visitas lo presento como “El inglés” porque hay que tratarlo bien, pero manteniendo la distancia.

Antes de mudarme, como me iba de viaje, le compré dos kilos de alimento balanceado para que le alcanzarace por esos días. Cuando me acerqué me tiró dos mordiscones que me dejaron la mano sangrando. Pensé: “pobre, no sabe leer lo que dice en la bolsa “Alimento balanceado para perros.”

Después confirmé que no era solo esa circunstancia casual. Él se acerca a la gente y cuando le hacen mimos en la cabeza tira el tarascón.

-Debe ser psicológico -comenté esa noche en el asado- seguramente es un perro golpeado y por eso reacciona así.

-Échalo, llamá a la perrera -me aconsejaron unos amigos sin darle más pelota al tema.

El único que me escuchaba atentamente era Julio.

-Creo que él es tan dueño de casa como yo - le dije- no lo puedo echar, la propiedad es un sentimiento, y los títulos un invento de nuestra cultura para evitar lo tan temido: que te echen de casa. ¿Cómo voy a echarlo si es más dueño de la casa que yo?

-Además es un desafío para vos -acotó Julio y confirmé que hablábamos el mismo idioma.

-Como cualquier relación que no funciona propone un obstáculo a superar, y es un desafío al corazón -dije.

-Matalo -soltó alguien con pocas pulgas y algún vino de más. - ¿Cómo vas a aceptar que tu perro te muerda? ¿Sos boba vos? -Sonó casi a una denuncia de violencia doméstica y, por un instante, me sentí “mujer golpeada”.

Julio escuchaba. Luego dijo: “Salvando las distancias... a mí la conquista de una mujer me produce un desafío semejante “.

-Dale carne picada todos los días a la misma hora -le sugerí orgullosa de los buenos resultados de mi receta.

Algunos se rieron, pero yo sostuve la tesis. El amor tiene algo de “domesticación”, como decía el Principito, siempre a la misma hora, crear el hábito, la confianza, así se va construyendo un vínculo.

-Pero con la mujer es distinto -me dice Julio muy serio- a una mujer un día le regalo una flor y otro un poema.

-Mal hecho -le digo- todos los días carne picada, a la misma hora. Intentaba decirle que los seres humanos necesitamos depositar nuestro afecto en alguna parte, en alguna casa protegida y segura y la única verdadera casa para un corazón es otro corazón. Si bien es cierto que disfrutamos de poemas, flores, rock, cine... lo más importante es contar con el otro, saberlo presente, aliado, cómplice.

-Carne picada -repitió, entonces, Julio, mientras saboreaba un vino y digería la idea.

Me embalé y le conté lo que había logrado conocer mejor a mi perro luego de una batalla campal cuando intenté ponerle una pipeta con anti pulgas en el cuello. Así descubrí que su lugar más sensible era el cuello, y supuse que lo agarraban de allí para pegarle o atarlo.

Casi me muero de emoción cuando cambió su lugar de reposo. Del fondo de la cocina pasó a echarse junto mi ventana. Mientras escribo, de vez en cuando lo miro, me mira, y seguimos cada uno en lo suyo. Cuando llego a casa, toco bocina media cuadra antes y él sale moviendo la cola. Nos vamos conociendo, nos vamos queriendo y vamos poniendo pautas de comportamiento. Como cuando uno se enamora y arma una pareja. Igual.

-La gente está acostumbrada a los vínculos familiares, con quienes nos conocen de toda la vida y saben cada una de nuestras manías y costumbres, gustos y ganas -acotó Julio ya embaladísimo con el tema- por eso a veces uno se golpea cuando quiere que lo traten como si “nos conociéramos de toda la vida”.

- ¿Sabés algo de la historia de la casa? ¿De los dueños anteriores? -me preguntó.

Mi amiga Ana, que iba por su tercer whisky, protestó: - ¿De qué hablan?  ¡Pasan de un tema a otro todo el tiempo! ¿Qué es esto? ¿Hablan de perros o de amores?

(De “Amores perros”, pensé, recordando la película de Iñárritu, pero no dije nada) y le contesté a Julio contándole todo lo que sé de la casa y su anterior dueña.

-Hay que aprender a conocer la historia del otro –dijo Julio.

-No estoy de acuerdo -saltó un comerciante amigo- Yo hago que mi perro me obedezca, yo soy el dueño y mando. Si no me hace caso, esa noche no cena. ¡Manejalo con la comida! Los animales tienen que tener claro quién manda. (Seguro que este piensa igual de los empleados, los hijos y la mujer: los maneja con la guita, con la comida -pensé y callé otra vez.)

-Además, en los dos años que la casa estuvo vacía, este oerro se acostumbró a arreglárselas solo. Anduvo por todo el barrio, donde algunos vecinos le daban de comer o cazaba lauchitas del jardín. Es medio salvaje y eso no deja de resultarme atractivo. Siempre que tuve un perro le enseñé a salir y entrar solo en la casa, hasta a bajar escaleras - dije continuando el único tema que oficiaba de guía en medio de tanto caos ideológico.

Julio cambió el tabaco de su pipa y confesó: “A mí me gusta dominar a mi perro, aunque no siempre lo consigo tanto como yo quisiera.”

-Yo trato que aprenda las consecuencias de sus actos. Si se queda afuera cuando cierro la reja, duerme en la calle. El otro día pasó eso y lo encontré a la mañana, sentado, en el umbral de la ventana, protegiéndose de la lluvia -dije.

- ¡Ah! ¿Era tu perro? Yo vi un perro sentado en una ventana y me pareció insólito -dijo mi amiga, que iba ya por el quinto whisky y seguramente no sabía si lo había visto o lo había soñado.

Entonces les conté la última experiencia: Dormía afuera, pero una noche llovía a cántaros y me dio pena verlo mojarse entonces lo dejé entrar. Justo hubo un apagón en Maldonado y me dio terror tener adentro ese animal medio salvaje. Cuando traté de echarlo, se escondía entre los muebles y las cajas de la mudanza, sorprendiéndome en la oscuridad y gruñéndome. Con una vela en una mano y una escoba en la otra lo perseguí por todos lados. Los ojos le brillaban como el diablo, parecía un lobo en la montaña ¿y yo? ¡Una bruja escoba en mano! Con el miedo nos salió lo peor de cada uno, como en las parejas. -pensé o dije, y me acordé de lo que decía Julio. A la mañana siguiente, con el solcito, las cosas cambiaron, volvió a ser de nuevo mi amigo y a echarse junto a mi ventana

Terminé el cuento cuando ya servían el postre y algunos se quedaron dormidos sobre la mesa.:

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