Estábamos en un asado y comenté
que me mudé a Maldonado a una casa que vino con perro incluido.
“Es muy cuidador, echa a los
ladrones”, me dijo una vecina, suponiendo que eso me tranquilizaría. “La dueña
se lo llevó, pero el perro volvió y no hay manera de sacarlo de la casa”, me
explicó el señor de la inmobiliaria.
El
perro en cuestión, que todavía no tiene nombre, es un cuzco negro y peludo con
un aire simpático, pero muerde. Por eso, - y por haberlo encontrado en la casa-
mis amigas le llaman Dr. House. Yo a veces le digo “Lobo feroz” y otras
“Caníbal” (según mi animosidad hacia él) pero a las visitas lo presento como
“El inglés” porque hay que tratarlo bien, pero manteniendo la distancia.
Antes
de mudarme, como me iba de viaje, le compré dos kilos de alimento balanceado
para que le alcanzarace por esos días.
Cuando me acerqué me tiró dos mordiscones que me dejaron la mano sangrando.
Pensé: “pobre, no sabe leer lo que dice en la bolsa “Alimento balanceado para
perros.”
Después
confirmé que no era solo esa circunstancia casual. Él se acerca a la gente y
cuando le hacen mimos en la cabeza tira el tarascón.
-Debe
ser psicológico -comenté esa noche en el asado- seguramente es un perro
golpeado y por eso reacciona así.
-Échalo,
llamá a la perrera -me aconsejaron unos amigos sin darle más pelota al tema.
El único que me escuchaba atentamente era Julio.
-Creo
que él es tan dueño de casa como yo - le dije- no lo puedo echar, la propiedad
es un sentimiento, y los títulos un invento de nuestra cultura para evitar lo
tan temido: que te echen de casa. ¿Cómo voy a echarlo si es más dueño de la
casa que yo?
-Además
es un desafío para vos -acotó Julio y confirmé que hablábamos el mismo idioma.
-Como
cualquier relación que no funciona propone un obstáculo a superar, y es un
desafío al corazón -dije.
-Matalo
-soltó alguien con pocas pulgas y algún vino de más. - ¿Cómo vas a aceptar que
tu perro te muerda? ¿Sos boba vos? -Sonó casi a una denuncia de violencia
doméstica y, por un instante, me sentí “mujer golpeada”.
Julio
escuchaba. Luego dijo: “Salvando las distancias... a mí la conquista de una
mujer me produce un desafío semejante “.
-Dale
carne picada todos los días a la misma hora -le sugerí orgullosa de los buenos
resultados de mi receta.
Algunos
se rieron, pero yo sostuve la tesis. El amor tiene algo de “domesticación”,
como decía el Principito, siempre a la misma hora, crear el hábito, la
confianza, así se va construyendo un vínculo.
-Pero
con la mujer es distinto -me dice Julio muy serio- a una mujer un día le regalo
una flor y otro un poema.
-Mal
hecho -le digo- todos los días carne picada, a la misma hora. Intentaba decirle
que los seres humanos necesitamos depositar nuestro afecto en alguna parte, en
alguna casa protegida y segura y la única verdadera casa para un corazón es
otro corazón. Si bien es cierto que disfrutamos de poemas, flores, rock,
cine... lo más importante es contar con el otro, saberlo presente, aliado,
cómplice.
-Carne
picada -repitió, entonces, Julio, mientras saboreaba un vino y digería la idea.
Me
embalé y le conté lo que había logrado conocer mejor a mi perro luego de una
batalla campal cuando intenté ponerle una pipeta con anti pulgas en el cuello.
Así descubrí que su lugar más sensible era el cuello, y supuse que lo agarraban
de allí para pegarle o atarlo.
Casi
me muero de emoción cuando cambió su lugar de reposo. Del fondo de la cocina
pasó a echarse junto mi ventana. Mientras escribo, de vez en cuando lo miro, me
mira, y seguimos cada uno en lo suyo. Cuando llego a casa, toco bocina media
cuadra antes y él sale moviendo la cola. Nos vamos conociendo, nos vamos
queriendo y vamos poniendo pautas de comportamiento. Como cuando uno se enamora
y arma una pareja. Igual.
-La
gente está acostumbrada a los vínculos familiares, con quienes nos conocen de
toda la vida y saben cada una de nuestras manías y costumbres, gustos y ganas
-acotó Julio ya embaladísimo con el tema- por eso a veces uno se golpea cuando
quiere que lo traten como si “nos conociéramos de toda la vida”.
- ¿Sabés
algo de la historia de la casa? ¿De los dueños anteriores? -me preguntó.
Mi
amiga Ana, que iba por su tercer whisky, protestó: - ¿De qué hablan? ¡Pasan de un tema a otro todo el tiempo! ¿Qué
es esto? ¿Hablan de perros o de amores?
(De
“Amores perros”, pensé, recordando la película de Iñárritu, pero no dije nada)
y le contesté a Julio contándole todo lo que sé de la casa y su anterior dueña.
-Hay
que aprender a conocer la historia del otro –dijo Julio.
-No
estoy de acuerdo -saltó un comerciante amigo- Yo hago que mi perro me obedezca,
yo soy el dueño y mando. Si no me hace caso, esa noche no cena. ¡Manejalo con
la comida! Los animales tienen que tener claro quién manda. (Seguro que este
piensa igual de los empleados, los hijos y la mujer: los maneja con la guita,
con la comida -pensé y callé otra vez.)
-Además, en los dos años que la casa estuvo
vacía, este oerro se acostumbró a arreglárselas solo. Anduvo por todo el
barrio, donde algunos vecinos le daban de comer o cazaba lauchitas del jardín.
Es medio salvaje y eso no deja de resultarme atractivo. Siempre que tuve un
perro le enseñé a salir y entrar solo en la casa, hasta a bajar escaleras -
dije continuando el único tema que oficiaba de guía en medio de tanto caos
ideológico.
Julio
cambió el tabaco de su pipa y confesó: “A mí me gusta dominar a mi perro,
aunque no siempre lo consigo tanto como yo quisiera.”
-Yo
trato que aprenda las consecuencias de sus actos. Si se queda afuera cuando
cierro la reja, duerme en la calle. El otro día pasó eso y lo encontré a la
mañana, sentado, en el umbral de la ventana, protegiéndose de la lluvia -dije.
- ¡Ah!
¿Era tu perro? Yo vi un perro sentado en una ventana y me pareció insólito
-dijo mi amiga, que iba ya por el quinto whisky y seguramente no sabía si lo
había visto o lo había soñado.
Entonces les conté la última
experiencia: Dormía afuera, pero una noche llovía a cántaros y
me dio pena verlo mojarse entonces lo dejé entrar. Justo hubo un apagón en
Maldonado y me dio terror tener adentro ese animal medio salvaje. Cuando traté
de echarlo, se escondía entre los muebles y las cajas de la mudanza,
sorprendiéndome en la oscuridad y gruñéndome. Con una vela en una mano y una
escoba en la otra lo perseguí por todos lados. Los ojos le brillaban como el
diablo, parecía un lobo en la montaña ¿y yo? ¡Una bruja escoba en mano! Con el
miedo nos salió lo peor de cada uno, como en las parejas. -pensé o dije, y me
acordé de lo que decía Julio. A la mañana siguiente, con el solcito, las cosas
cambiaron, volvió a ser de nuevo mi amigo y a echarse junto a mi ventana
Terminé el cuento cuando ya servían
el postre y algunos se quedaron dormidos sobre la mesa.:
No hay comentarios:
Publicar un comentario